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Polvo enamorado

San Marcos Carazo.  Foto Ovidio Ortega Reyes

Cuento para el día de San Marcos

Orlando Ortega Reyes

Son las cuatro y quince minutos de la mañana y el Hotel Intercontinental Metrocentro de Managua todavía luce desierto, a excepción tal vez de la cocina en donde se están iniciando los primeros movimientos para la preparación del desayuno.  De una suite del octavo piso, una mujer vestida de riguroso negro sale de manera sigilosa.   Su vestido, recatado, pero elegante al extremo, es rematado por medias negras y unos zapatos del mismo color de tacón medio.  El único adorno que resalta es un collar de perlas que contrasta en su cuello y sus respectivos aretes.  Sus pasos, vigorosos y seguros para su edad, pues como dicen esa mujer no se cuece al primer hervor, son mitigados por la mullida alfombra.  Trae en su mano una pequeña maleta de piel, también de color negro.    En el elevador, presiona el botón de la planta baja y ya en el vestíbulo, un solitario y somnoliento empleado de turno en el mostrador, la saluda cortésmente y ella regresa el saludo con una amable inclinación de la cabeza.  En la puerta un portero corre para abrirle la puerta y meloso de la los buenos días, a lo que ella lacónica pero gentilmente le contesta.

Fuera del vestíbulo, un automóvil Mercedes Benz S-250, de color negro, espera con el motor en marcha.  El conductor quien ya peina canas, luce pantalón negro y una guayabera blanca que pareciera salida de un anuncio de detergente, la espera junto a la puerta trasera, misma que abre para que la mujer, después de un protocolario saludo, ingrese al interior del automóvil, se acomode cuidadosamente la bolsa de piel en su regazo.  El vehículo inicia su marcha, con una elegancia de película, llega a la Rotonda Rubén Darío y toma la pista de circunvalación hacia el oeste.  El vehículo a velocidad prudente atraviesa la pista, sin detenerse en ningún semáforo, hasta llegar al 7 sur.  Ahí dobla a la izquierda para tomar la carretera Panamericana sur y en donde el conductor empieza a sacarle partido al motor del vehículo, que a pesar de ser de 4 cilindros, sus 2 litros de capacidad le permite una sabrosa aceleración.   Baja un tanto la velocidad al llegar al puesto policial en donde un par de efectivos dormitan y luego vuelve a acelerar, torciendo a la izquierda en el nuevo tramo, un tanto improvisado que en una sola vía conecta al tramo de cuatro carriles de la carretera en donde el vehículo acelera y alcanza una velocidad superior a los cien kilómetros por hora.

La carretera se muestra desierta a esa hora, salvo tal vez uno que otro madrugador, lo que le permite al conductor llegar un abrir y cerrar de ojos a las curvas de El crucero, en donde baja ligeramente la velocidad y con una singular maestría toma cada curva, de tal forma que la mujer, sumida en sus pensamientos no percibe la ligera tracción.   Después de pasar el parque de El Crucero, el conductor vuelve a enseñarle el pie al acelerador, lo que basta para que los briosos caballos de fuerza del Mercedes le otorguen una velocidad cercana a los 130 kilómetros por hora, de tal manera que en un santiamén están en Las cuatro esquinas, en donde baja la velocidad para torcer a la izquierda rumbo a San Marcos.  El conductor mira el reloj digital en el tablero del vehículo y baja la velocidad a 90 kilómetros por hora en el último trecho.  Todavía está oscuro cuando entran a la ciudad que ofrece todavía un paisaje somnoliento remarcado con el cementerio que sumido en una total oscuridad, pareciera querer escaparse del mismo.   Al llegar al parque central, el conductor dobla a la derecha para bordearlo y llegar finalmente a la iglesia parroquial, estacionándose propiamente en la entrada principal.  Baja presurosamente del automóvil y se apresta a abrir la puerta trasera derecha de donde desciende la mujer de negro.

Con la bolsa de piel en la mano, la mujer atraviesa el atrio y al llegar a la verja de seguridad construida alrededor del  templo, un hombre escondido en la penumbra abre la puerta, mientras ella sigue su paso hacia la enorme puerta de madera, en donde la espera un hombre.  Tendrá unos setenta años, su pelo está completamente blanco, tiene una estatura considerable para el promedio y a esa edad mantiene una envidiable esbeltez.   Viste de oscuro, con una camisa manga larga cuello Nerú.   Saluda efusivamente a la mujer, besándola en la mejilla mientras ella suavemente le soba la espalda.  Al finalizar el saludo, ella le hace entrega de la bolsa de piel, mientras él emite un ligero sollozo y después de que el hombre de las sombras abre apenas la pesada puerta de madera, ingresan al templo, él saca de su bolsillo una lámpara que iluminará su travesía.  En la parte suroeste del interior del templo hay una estrecha escalera de piedra, en donde inician un cauteloso ascenso, mientras el otro individuo,  el de las sombras, cierra la puerta de madera y se aposta haciendo guardia.   Llegan al coro del templo y descansan unos instantes, mientras recobran el aliento para seguir ahora a través de una escalera de madera en forma de caracol que los conduce hasta el campanario.   Al llegar, abren delicadamente la ventana que da al oriente y esperan unos instantes, mientras intercambian algunas palabras.  Luego, él abre el bolso de piel y saca una urna de mármol, color gris, en forma de ánfora antigua.   Ambos se acercan a la ventana y aguardan unos instantes, después de los cuales, en el horizonte comienza a adivinarse la aurora, con unos timoratos celajes, entonces él con mucho cuidado remueve la tapa de la urna y sosteniéndola ambos, lentamente la giran hacia abajo, mientras poco a poco una fina ceniza empieza a salir de la urna.

En ese instante, la fuerza vital que encerrada junto con su cuerpo reducido al blanco polvo se encontraba cual genio cautivo en una lámpara, pareciera que abandonara un estado de espera, una especie de “pausa” y súbitamente vuelve a la conciencia junto con la sensación de flotar en el aire, pues el viento, travieso como él solo, ha empezado a jugar llevando las cenizas al compás de una inexistente música.   Sin embargo, para el hombre que en vida fuera el dueño de aquella fuerza y aquella ceniza y para la mujer de negro que observa desde lo alto del campanario, la música es de aquella canción que compusiera el poeta, escritor y periodista mexicano, Mauricio González de la Garza y que interpretara en su época de forma magistral José José: Polvo enamorado.  Cuando el tema de la muerte dejó de ser tabú para ambos, fueron muchas las ocasiones que acompañados de una botella de vino conversaban abiertamente de esa improbable pero latente eventualidad y muchas veces escucharon aquel tema, como fondo musical de todos los escenarios posibles.

“Soy aquel que se perdió, buscando la razón, del alma y las estrellas…” y el hombre dueño de las cenizas sintió que su ser se multiplicaba de manera infinita mientras sobrevolaba aquel territorio que pasó añorando por tanto tiempo.  Una parte de su ser, por los caprichos del viento tomó hacia el norte y después de un prolongado vaivén, se fue posando ligeramente sobre los tejados de las casas, sobre los árboles centenarios, sobre el inmenso cafetal.  Otra parte sobrevoló aquellos lugares inolvidables en donde sucedieron los episodios más coloridos de la niñez y adolescencia, la escuela, la casa de sus abuelos, de su primera novia, de sus amigos del alma.

“Tú llegaste a mi sufrir, resurrección de luz, amor, pasión y vida” mientras el viento llevaba a otro contingente de su ser hacia el oeste, en el camposanto, en donde descansan tantos seres queridos y que ahora tendrían por siempre a su lado una minúscula parte de él.  Otra parte llegaría a los cafetales occidentales y sus intrincados caminos por donde vagaba incansablemente en bicicleta con sus amigos.  Poco a poco la infinidad de partículas fueron esparciéndose por los cuatro puntos cardinales, a voluntad del viento que parecía regodearse con aquella danza que realizaba por todos los rincones del pueblo.  Cada punto vital quedó al fin cubierto, incluso, sería tal vez por casualidad que aquel grandullón que abusando de su tamaño se dedicaba a molestar al extremo a todos los muchachos del barrio, salía a la calle a realizar cierta diligencia, cuando de pronto una minúscula partícula de ceniza se adentró en sus pulmones, provocándole desde entonces una irritante tos, persistente cual cobrador del Gallo más Gallo y que no lo abandonaría por el resto de sus días.

“Soy aquel dolor de ser, por ti he vuelto a nacer, soy polvo enamorado”.  Cuando la última partícula reposó, precisamente en la habitación de cuando él era niño, aquella fuerza llegó a la consciencia que era ya tiempo de descansar y lentamente se fue apagando.  La mujer de negro lo sintió también y le avisó a su acompañante que ya era hora, así que taparon la urna, la introdujeron en la maleta y bajaron cuidadosamente la escalera hasta llegar a la planta baja del templo.  Ahí  el hombre alto había dejado una bolsa, así que volvió a sacar la urna de la maleta y la abrió, de la bolsa vertió arena de mar hasta llenarla, la cerró y la volvió a colocar en la maleta.  De su bolsa sacó varios billetes que entregó al hombre de las sombras, quien al salir la pareja procedió a cerrar las puertas, viendo hacia todos lados para vigilar si había moros en la costa.

El hombre se despidió cariñosamente de la mujer de negro y caminó rumbo al norte, mientras el conductor le abría la puerta a la mujer, quien se dejó caer pesadamente en el asiento trasero.  El vehículo arrancó y en la esquina dobló a la izquierda para tomar rumbo a Managua.  Cuando llegaron a la salida, pasando el cementerio que ahora lucía iluminado por las luces del amanecer, la mujer respiró profundamente y musitó: -Misión cumplida, mi amor; mientras el Mercedes comenzaba a devorar la carretera.

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Cuando mi buen amigo Mauricio Robleto me envió un enlace hacia una página de internet llamada Playing for change, no tenía ni la menor idea de qué se trataba, sin embargo, al ingresar me llevé una sorpresa tan grata que no me cansaba de mirarlo una y otra vez.  Se trataba del primer episodio de un esfuerzo multimedia creado para inspirar, conectar y llevar paz al mundo a través de la música.  El tema que había seleccionado este movimiento era Stand by me, de Ben E. King, que disfrutamos por mucho tiempo desde la década de los sesenta, hasta que recientemente fue manoseado ad nauseam.  En la tremenda versión de Playing for Change, un grupo de músicos de todo el mundo, desconocidos en su mayoría, realizan una conjunción de voces e instrumentos que reflejan la pasión a través de su interpretación, logrando un conjunto maravilloso de sonidos que hacen del tema una verdadera delicia.  Luego surgieron otros episodios que llevaron lo más representativo de varios países y así disfruté al máximo la versión de México lindo y querido que toca las fibras del corazón de quienes han llegado a enamorarse de ese bello país.

Después de observar esa original iniciativa lo primero que se me vino a la mente fue que un episodio de esos se realizara en Nicaragua, con la participación de músicos del pueblo, aquellos que no dependen de los reflectores, ni de afeites, ni de la ayuda de los ingenieros de sonido, sino de aquellos que sacan la música del fondo de su corazón y la lanzan al viento.  El primer músico que vino a mi mente fue sin duda alguna Manuelito Romero, el Ruiseñor de San Marcos.

Desde que tengo memoria, Manuelito aparece en la escena de mis recuerdos de aquel apacible pueblo.  Hijo de Don Anselmo Romero y de Doña Berta Herrera, era mayor que yo, pues cuando yo tenía unos cinco años él ya era un mozalbete de unos trece y se le miraba por las calles de San Marcos con su figura menuda y casi siempre con una armónica en la mano, a la cual arrancaba la melodía de las canciones de moda.  Un par de años más tarde, se inició con la guitarra hasta que logró dominarla y dese entonces fue su compañera inseparable, al inicio sola y luego mediante algunos aditamentos, en conjunto con su armónica.

Casi sesenta años después de aquellos primeros recuerdos, amablemente nos recibe en su casa.  Pulcramente vestido y con su cabello entrecano bien cortado y algunas arrugas que porta elegantemente, hace que la diferencia de ocho años entre nosotros sea un tanto cuanto imperceptible.   La pregunta obligada es: -¿Quién te enseñó música? y él categóricamente responde: -Dios.  Admite que no sabe de música, que simplemente le arranca los sonidos a la guitarra y a la armónica y por eso es que tampoco puede enseñar música.  Es posible que las limitaciones en su visión hayan provocado que sus otros sentidos se magnificaran, facilitando de esta manera su aptitud para la música.

El siguiente recuerdo que guardo de Manuelito es cuando el Padre Etanislao García organizó una pastorela en el pueblo, con una producción que Steven Spielberg ni siquiera hubiera soñado, involucrando a toda la juventud de ese entonces.  Casi al final del casting, mi amigo Arturo Pérez me invitó a participar y juntos fuimos al Teatro Julia en donde por las tardes se ensayaba la obra.  Lo que alcancé al igual que Arturo y demás compañeros de estudio fue un lugar entre los pastores que a Belén corrían presurosos.  Ahí encontré que Manuelito interpretaba al que atendía la hostería en Belén que niega posada a José y María.  Los diálogos los desarrollaba con una voz que no parecía que saliera de tan pequeña figura.  El día del estreno y a la vez, única función, todo el mundo con sus respectivos disfraces, se observó un derroche de colorido.  Manuelito con una vestimenta que lo hacía parecer un verdadero miembro de la tribu de Judá y muy puesto en su papel corría a los santos peregrinos mientras se deleitaba con la danza de los siete velos que magistralmente interpretaba Enita García y que haría palidecer de envidia a la propia Shakira.  Está por demás agregar que el público sanmarqueño se desbordó en aplausos ante la magnífica producción y por mucho tiempo fue el tema preferido de conversación antes de la función de ocho del Teatro Julia.

A finales de los años ochenta, ante la fiebre de la música de conjuntos en toda Nicaragua y en especial el éxito que empezaron a obtener Los Panzer, en el pueblo empezó un inusitado entusiasmo por la música.  Un grupo llamado Juventud en Marcha (JEM) que se reunía en la casa comunal de las Hermanas de Sión, se dedicó de lleno a la música y de ahí saldrían muchos de los notables músicos de San Marcos.  Por su parte, para esa misma época, Manuelito se entusiasmó y formó junto con varios aficionados e inicialmente se les miró, todavía en versión acústica con otra guitarra y unos bongoes, amenizando cumpleaños y poniendo serenatas de amor junto a las rejas, a una novia bella, timorata y sencilla, como decía el Vate.  Inicialmente, el grupo no tenía nombre y algún irreverente los bautizó como “Los Pajaritos”, nombre que no le hacía mucha gracia a sus integrantes.   Con ese conjunto anduvo Miguel Morales a quien se le conocía con el nombre artístico de “Chubby Checker”, así como un individuo a quien le apodaban Pedro Naranjo, que tenía un aspecto como de Chuck Berry, además de una hija de Chepe Mil de los Panzer que también cantaba.

Cuando Manuelito se aventuró a lanzarse a la música electrónica, aprovechó para bautizar a su grupo como “Los Music Men”.  Así con una guitarra eléctrica azul, un bajo y una batería se le vio en presentaciones más formales, principalmente en el negocio que tenía el afamado cocinero Chago José, así como el local que ocupó el Banco de los Briceño.  El conjunto se mantuvo durante casi todos los años setenta, sin embargo a finales de esa década Manuelito decidió trasladarse a Chinandega, en donde vivía su hermano mayor.

En los años ochenta, Manuelito se integró a un grupo llamado Barricada, con quien anduvo en gira por las principales ciudades del país.  Para los años noventa, cuando las barricadas sucumbieron ante el capitalismo salvaje, Manuelito regresó a su guitarra acústica y su armónica y encontró en Masatepe y lugares circunvencinos un interesante nicho de mercado para su música y de esta manera recorrió los principales restaurantes del rumbo como La Bandeja, La Olla de Barro y últimamente El Mondongo de Veracruz, en donde se ha hecho una sana costumbre degustar lo que queda de aquella legendaria sopa, con un par de reatazos de Ron Plata y el fondo musical de Manuelito.

El Ruiseñor de San Marcos admite que ya perdió la cuenta de las composiciones que ha realizado, sin embargo, sin lugar a dudas, la que más aprecia y que su público la pide insistentemente es Juanita vamos al tope, en especial en las festividades de abril.  También recuerda el tema dedicado a Chinandega, recuerdo de sus años en esa ciudad.  Aclara que aunque interpreta asiduamente el Corrido a San Marcos, no es de su autoría, sino del músico sanmarqueño Francisco Molina, sin embargo, Manuelito agrega que ha tenido que realizar algunos ajustes a la letra, como es el caso de la estrofa en donde hablaba del Teatro Julia, del cual no quedó piedra sobre piedra y tuvo que sustituir por el parque.  Esperamos que no tenga que realizar otro ajuste a la letra.

Confiesa Manuelito que su gran sueño es grabar un disco con sus mejores canciones y poder ofrecerlo a tanta gente que cariñosamente le demanda su música.  Estoy seguro que sobran paisanos que gustosamente colaborarían para hacer realidad este sueño de su trovador, que a la vez quedaría como testimonio de esa voz, surgida de las entrañas del pueblo y que a punta de tesón y de esfuerzo, se ha mantenido por más de sesenta años.

 

 

Playas Verdes

 

A mediados de los años cincuenta se realizaron los trabajos de construcción y pavimentación del tramo de carretera que conectaba San Marcos con Jinotepe.  Anteriormente era necesario viajar primero a Diriamba vía Las Esquinas y luego a través dela CarreteraPanamericanahacia Jinotepe.  El creciente movimiento comercial en la zona, así como el hecho de que Jinotepe era la cabecera departamental y muchas gestiones administrativas se despachaban en esa ciudad, requería de una comunicación vial más eficiente, lo cual unido al hecho de que en ese trecho estaba ubicada la hacienda El Porvenir, propiedad de la familia Somoza, justificaron de sobra la inversión en la nueva carretera.

El derecho de vía, que es el tramo comprendido entre la carretera y el inicio de las propiedades que están a lo orilla de la misma, siempre ha sido motivo de grandes problemas a la hora de habilitar una vía.  En el caso de la carretera San Marcos Jinotepe sucedió todo lo contrario en un pequeño tramo colindante con la hacienda La Providencia, propiedad de la familia Tiffer.   El derecho de vía en ese lugar conformó una lengüeta de unos doscientos metros de largo por unos cincuenta de ancho en la parte más amplia.

Este lugar se caracterizaba por tener un verde pasto y el cerco natural de La Providencia que estaba constituido por enormes árboles de mamey.  El terreno era bastante regular por lo que un vehículo podía ingresar fácilmente y estacionarse en cualquier lugar del tramo.

En cierta ocasión, que íbamos a pasear a Jinotepe, a mi padre se le ocurrió estacionarse en el tramo y que jugáramos a nuestras anchas en aquel recinto, aprovechando la seguridad que había, al ser el tráfico en esa carretera bastante esporádico.  De esta manera aquel lugar se convirtió en un parque natural para nosotros en donde llevábamos implementos para jugar béisbol o fútbol o simplemente correr por todo el lugar.  Para nosotros el parquecito se llamaba “Los Mameyales” y era agradable tanto el clima como el olor del cafetal mezclado con el dulce aroma de esos árboles, además de la quietud del lugar.

A medida que el parque vehicular del pueblo fue incrementándose, muchas familias comenzaron a utilizar aquel parque natural, para el solaz y esparcimiento en alguna soleada tarde.  Para la década de los setenta el parquecito ya tenía su propia identidad y se le conoció popularmente como Playas Verdes, en donde a lo largo del día se miraban varios vehículos que llegaban a disfrutar del envidiable clima y en donde niños y jóvenes jugaban alegremente en aquel remanso de quietud.  Por las noches, comenzó a verse vehículos estacionados estratégicamente, guardando una prudente distancia entre uno y otro, en donde parejas se prodigaban promesas de amor y ponían a prueba los amortiguadores de sus respectivos vehículos.  De esta forma, el apetecido lugar cambiaba de Parque Recreativo Playas Verdes en el día, a Motel Playas Verdes por la noche.

Es posible que ante la inevitable conurbación que va devorando tantas áreas verdes en ese tramo carretero, algún día llegue a desaparecer completamente aquel paradisiaco sitio, sin embargo, cada sanmarqueño guarda en su mente algún grato recuerdo de aquel pedacito de su tierra en donde jugó o retozó a sus anchas y mientras algunos lo comentarán a los cuatro vientos en alguna Cena del Recuerdo, otros en cambio, simplemente sonreirán y callarán para siempre.

El gran incendio

Cuando terminó la década de los treinta, San Marcos era todavía un pueblo agreste.  Tendría a lo sumo unos 1,000 habitantes, incluyendo las zonas aledañas.  El cultivo del café había traído cierta bonanza que se reflejaba en un floreciente comercio que se ubicaba principalmente en el propio centro de la ciudad, alrededor del espacio que hacía las veces de mercado municipal.

 

Predominaban en ese entonces las casas de madera y de taquezal y eran raras las construcciones modernas.  El pueblo tenía un movimiento sin igual en el período de noviembre a febrero que era la época en que se realizaba el corte, escogido y beneficiado de café.   El resto del año se mantenía una tranquilidad enorme y el movimiento comercial se bajaba a niveles de supervivencia.

 

La calle que iba del costado noroeste de la iglesia parroquial hacia el Barrio de La Cruz, estaba ocupada principalmente por locales comerciales, que en aquellos tiempos también servían de vivienda a los comerciantes.  La mayoría de los comerciantes eran familias venidas de Masaya, ante el auge de la actividad cafetalera, así como algunos emigrantes chinos.

 

La temporada de café de finales de 1939 había sido alentadora, pues se había incrementado la producción regional y la actividad comercial había dejado márgenes generosos para los comerciantes que se organizaban para poder subsistir la temporada baja de 1940. No obstante, había en la cuadra del mercado una familia, originaria de Masaya que tenía rato de manifestarse incómoda por el movimiento de su establecimiento.  Decía pertenecer a las familias de alcurnia de la ciudad de las flores y su relación con el resto del pueblo había sido un tanto fría.

 

En cierto momento, alguien comenzó a comentar lo extraño que se le hacía que la familia en cuestión había comenzado a retirar, poco a poco, mercadería de su establecimiento.  Nadie le puso mayor cuidado a esta situación y fue hasta que una madrugada la ciudadanía se despertó ante los gritos de terror de la gente que habitaba en el mercado.

 

Del establecimiento de la citada familia se elevaban enormes lenguas de fuego, que rápidamente iban devorando al inmueble.  Inmediatamente, el resto de comerciantes y habitantes de los alrededores se empezaron a organizar para combatir el fuego.  En aquel entonces, ni siquiera había agua corriente en el pueblo y el líquido vital se distribuía en pipas, aunque en algunas casas se contaban con pilas que recogían el agua de lluvia del invierno.  Huelga decir que los bomberos más cercanos estaban en Managua y su velocidad de respuesta no era precisamente ágil hacia los departamentos.

 

Así pues, haciendo de tripas corazón, los vecinos del pueblo comenzaron a traer agua de las pilas de las casa circunvecinas, así como de la aguadora que estaba en el costado sur del parque municipal.   Fue una labor titánica, pues la cantidad de baldes y recipientes no era suficiente y el fuego era mayor que la fuerza con que se atacaba con el agua disponible.  Alguien manifestó la idea de dinamitar un par de casas para evitar la propagación pero inmediatamente fue descartada.  Así pues el combate tomó el resto de la noche y parte de la mañana y todos los hombres del pueblo ayudaron en esa labor.

Las mujeres por su parte miraban aterrorizadas la escena y algunas se dedicaron a auxiliar a los vecinos en situación más delicada.  Para muchos quedó en la memoria el terror de una madre cargando a una niña de días de nacida que rezaba para que las llamas no alcanzaran la acera de enfrente.  Era doña Pepita Pérez, que cargaba a su hija Violeta.

 

Era ya el mediodía siguiente cuando pudo apagarse el voraz incendio.   Al final el establecimiento de la familia había sido consumido totalmente por las llamas y “afortunadamente” no se encontraban en el interior del inmueble cuando empezaron las llamas, así que no hubo lesionados.  Tres o cuatro comercios más también fueron destruidos totalmente, en especial uno perteneciente a un ciudadano chino que perdió absolutamente todo.  Cuentan que fue tan grande su desolación que el chino también perdió la razón.

 

Por muchos años no se habló en el pueblo más que de aquel voraz incendio que pudo haber tenido consecuencias más trágicas.  Como un secreto a voces se manejó que la familia propietaria del negocio donde se inició el incendio cobró posteriormente un jugoso seguro que le permitió iniciar en la capital un nuevo y floreciente negocio, del cual disfrutaron por treinta años, pues en el terremoto de 1972 perdieron absolutamente todo.

 

En 1979 me tocó presenciar, a menos de una cuadra de distancia el incendio que consumió la bodega del programa de la roya, en el local donde fue el escogido de la familia Briceño e inmediatamente recordé los cuentos de los abuelos del pavoroso incendio del 40, pues es realmente aterrador ver las inmensas lenguas de fuego elevarse al cielo, sin saber hacia dónde llegarían.

 

Cuando allá por la década de los cincuentas pavimentaron el tramo de San Marcos a Jinotepe, más que nada para beneficiar a la hacienda El Porvenir, fue todo un acontecimiento, pues antes era necesario viajar primero a Diriamba para cubrir luego los tres kilómetros hacia Jinotepe.  El tráfico hacia la cabecera del departamento era vital para todo tipo de gestiones, así como los asuntos comerciales vitales para el pueblo.  La nueva carretera con una extensión de siete kilómetros permitía desplazarse en cinco minutos hacia Jinotepe, lo cual alentó a ciertos emprendedores para abrir una ruta de taxis a todo el departamento.  Anteriormente el tráfico se realizaba a través de microbuses y camionetas de tina adaptadas para el transporte de pasajeros.

 

Se realizaron los trámites correspondientes y se obtuvieron los permisos para cubrir inicialmente la ruta entre San Marcos y Jinotepe, Diriamba y Las Esquinas y puntos intermedios a través de taxis.  Los vehículos seleccionados, en una época en donde el precio del combustible no era tan determinante como ahora, eran sedanes de cuatro puerta, en especial Chevrolet y Ford que eran los que tenían mayor cantidad de repuestos disponibles, generalmente de seis u ocho cilindros.  Los modelos de fines de los cincuenta eran amplios y a medida que entraba la década de los sesenta, se iban ampliando con aquella tendencia a lo ostentoso en el tamaño, lo que ofrecía a los taxis la oportunidad de cargar más pasajeros.

 

El precio de un viaje de Jinotepe o Diriamba a San Marcos era equivalente a 15 centavos de dólar, lo cual incluía un bulto de regular tamaño por el mismo precio, incrementándose la tarifa cuando se trataba de varios bultos.  Después de realizar un análisis costo beneficio concienzudo se llegó a la conclusión de que incluir además del conductor a un “perico” o ayudante podría ser rentable en consideración al tiempo que se economizaba el conductor al tener ayuda para subir y bajar pasajeros o carga, siempre y cuando se tratara de muchachos de talla pequeña.

 

Posteriormente, el radio de acción de estos taxis se amplió para viajar a la capital, que era un mercado atractivo para el servicio, debido a la necesidad de algunos pasajeros de desplazarse hacia Managua con oportunidad, siendo que los buses tardaban en promedio de 50 a 60 minutos en llegar al destino, mientras que un taxi podía reducir el tiempo a cuarenta minutos y en horarios más cómodos que los rígidos que mantenían los buses.  La tarifa para un viaje a Managua era por el equivalente a 55 centavos de dólar.

 

Los taxis salían del Parque Jorge Robleto de San Marcos y hacían parada en donde se le ocurriera al pasajero.  En Managua tenían su base en la cafetería El Buen Tono, frente a la Estatua de Montoya.  Tenían ciertos arreglos amistosos para los horarios de salida, aunque cada quien terminaba de salir cuando le venía en gana.  Si un taxi que salía de la parada no conseguía llenar el cupo mínimo para hacer el viaje, seguía dando vueltas al parque para esperar que llegara un pasajero adicional, ante el reclamo de sus colegas que le gritaban que le regalarían un limón para el mareo.

 

Los taxis en su mayoría pertenecían a doña Gloria Molina, quien tenía el capital para la inversión inicial que incluía el vehículo y el permiso para operar.  Así mismo doña Micaela Meléndez también contaba con algunas unidades.  Los conductores que en diferentes épocas manejaron los taxis fueron Augusto Menudo y su hermano Marcos El Negro, Chú Tapia, El Tiquiuri, Donald La Mica, Pedro El Soldado, Salvador Meléndez Pipilacha, Maclovio, Sopasa, Supres, Casaya, Motoclub, Domingo Aburto, Orlando Ratón Guevara, Salomón Molina, Pito de Agua, Buenaventura Blandón, Los Cabezones, Zelaya, entre otros.  Los ayudantes que recuerdo son los Fiquitos y Chema Tamales.

 

Debido a que los taxis interlocales, como era su nombre oficial, realizaban maniobras temerarias, entonces la picardía nicaragüense los bautizó como “intermortales”.  Entre estas estaba el hecho de apagar el motor en El Crucero para jugárselas y con suerte llegar de un solo envión hasta Las Piedrecitas en donde debían parar para enterar el peso del Coronel,.  En este trecho debían de realizar verdaderas audacias para rebasar en los lugares más difíciles de las curvas y frenar sin la ayuda del motor que marchaba en neutro.  Al regreso era lo contrario, se atenían a la potencia de los motores para subir a toda velocidad hacia El Crucero, adelantando a cuanto vehículo se les presentara.  Para ser justos con la verdad, por lo menos los taxis de San Marcos nunca se vieron involucrados en accidentes aparatosos o mortales.

 

Para la década de los noventa, como decía la canción de The Buggles, el video mató a la estrella de radio, la aparición de los microbuses, con mayor capacidad de pasajeros, consumo más eficiente de combustible y mayor agilidad de operación, llevaron a la muerte a los taxis, que se conformaron con heredarle a estas nuevas unidades el remoquete de intermortales, pues estos microbuses los superaron por mucho en acciones temerarias.  Claro que aquella gracia de apagar el motor al empezar a bajar de El Crucero es en la actualidad prácticamente suicida, cuando el sistema de frenos y dirección es hidráulico y el timón se enllava al apagar es switch de la ignición.

 

 

Si fuera preciso designar al ciudadano de San Marcos con mayor prestigio a nivel nacional e internacional, tal vez en toda su historia, no me equivocaría si afirmara que se trata del Doctor Germán Romero Vargas.  Autóctono sanmarqueño, es uno de los historiadores más serios y tal vez el investigador más acucioso de Nicaragua.  El Dr. Romero ha escrito importantes tratados sobre la historia de nuestro país, tales como: “El estrato español en la Nicaragua del siglo XVIII”, “El proyecto económico político de la naciente burguesía liberal 1893-1903”, “Ensayos de historia centroamericana”, “Historia de la Costa Atlántica”, “Las sociedades de la Costa Atlántica de Nicaragua en los siglos XVII y XVIII”, “Nuestra historia”, “Las estructuras sociales en Nicaragua en el siglo XVIII”, “Persistencia indígena en Nicaragua”, “Los indígenas del Pacífico de Nicaragua”, “Fuentes para la historia de la Costa Atlántica de Nicaragua”, así como libros de texto de Historia de Nicaragua.  Es importante señalar que muchos de los tratados del Dr. Romero Vargas han sido traducidos al inglés y al francés y su obra ha servido de referencia para innumerables estudios no sólo sobre historia, sino de sociología y genealogía.

A pesar de haber conocido muy de cerca a su familia, al Dr. Romero no lo conocí sino hasta finales de los años noventa.  Cuando yo ingresé al Instituto Pedagógico de Diriamba en 1956, él ya se había bachillerado en ese plantel y había viajado a Italia a continuar sus estudios.  De mi niñez recuerdo perfectamente a sus padres, don Justo Romero y doña Pina Vargas de Romero, así como a su hermana Ileana, unos diez años mayor que yo y según recuerdo era la única muchacha que tocaba el piano en San Marcos, además de hablar fluidamente el francés pues estuvo varios años en Europa.  Cuando estaba en secundaria conocí a Modesto, el hermano menor, quien en estuvo de profesor un par de años en el Pedagógico y viajaba con el resto de compañeros del pueblo hacia Diriamba y quien se casó luego con una vecina y entrañable amiga de la familia, Leda Pérez.  Luego, cuando regresó de los Estados Unidos, conocí al Dr. Federico Romero, el hermano mayor, quien era colega y amigo de mi padre y según él, uno de los mejores cirujanos que conocía.

Cuando estudiaba economía a finales de los años sesenta, ya en el Recinto Universitario Rubén Darío, miraba llegar al Dr. Germán Romero, pues después de haber regresado de Europa, empezó a dar clases en la Facultad de Humanidades de la UNAN.  Supe que era él pues me encontré con Yucón, de la familia que era propietaria del Masaya Bar, quien me comentó que estaba de conductor del Dr. Romero, sin embargo, no tuve en esa ocasión la oportunidad de interactuar con él.

Cuando a finales de los años noventa trabajé para el Proyecto APRENDE, financiado por el Banco Mundial, el Ministerio de Educación decidió publicar a través de ese proyecto, los libros de texto de Geografía e Historia de primaria y un comité decidió contratar para ese fin a los Doctores Jaime Incer Barquero y Germán Romero Vargas, por ser ellos las máximas autoridades en sus respectivas áreas de especialización.

Fue ahí en donde llegué a tratar al Dr. Romero.  Cuando uno trabaja en ese tipo de proyectos, está acostumbrado a conocer a consultores que con un curriculum modesto y cierta experiencia, llegan a creerse la divina garza y casi pretenden que uno sacrifique un cordero a su paso.  Sin embargo, el Doctor Romero, con un currículum realmente impactante, pues además de contar con un doctorado en La Sorbona de París, presentaba estudios en los Estados Unidos incluyendo un post grado en la Universidad de Columbia en New York, me impresionó por su sencillez.  Decía el poeta rumano Valeriu Butulescu: “El sabio no tiene ni escudo, ni espada” y creo que esta frase describe la humildad que resalta en la persona del Dr. Romero.

El Dr. Romero es miembro de número de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, en donde ha ocupado cargos en la Junta Directiva correspondiente y es catedrático de Ave María College en San Marcos.  El Dr. Romero podría optar a una cátedra en alguna universidad de los Estados Unidos o Europa, sin embargo, su amor al terruño lo ha mantenido trabajando por sus conciudadanos.

Tal vez muchos sanmarqueños conozcan al Dr. Germán Romero Vargas, sin embargo, creo que no todos conocen del prestigio que a nivel internacional goza este gran historiador que debe de ser motivo de orgullo para cada uno de sus paisanos.

 

 

 

 

 

 

La estación

 

Orlando Ortega Reyes

Uno de los paseos más coloridos de mi infancia era la caminata por las tardes hacia la estación del ferrocarril de San Marcos.  Muchas veces con el pretexto de ir a traer a algún familiar o por el simple placer de caminar por las asoleadas calles y ver el espectáculo del arribo del tren, mi madre nos llevaba a la estación.  Los recuerdos de aquellos paseos quedaron fijos en mi mente con un brillo especial, como si el sol irradiara con un amarillo diferente, más intenso, descendiendo plácidamente sobre una vegetación que se me antojaba más verde, como si aquel mundo hubiese sido otro o tal vez sería que mis ojos apenas se acostumbraban a la magnificencia de la naturaleza.

Ya en el andén era el encuentro con familias amigas y entre saludos se iniciaba la emocionante espera del arribo del ferrocarril.  Digo que era emocionante, pues desde su paso por la casa de Don Carlos Romero dejaba salir su potente silbido, como anunciando el inicio de la cansada subida de la cuesta que le esperaba y que iba acompañada del quejido de la máquina que bajaba sensiblemente su ritmo, el cual recuperaba cuando alcanzaba la curva del patio de los Briceño, para ingresar con paso pujante a la estación.   Luego seguía el descenso triunfal de los viajeros, como si bajaran de una nave espacial y más saludos.  Después cuando se recuperaban todos los bártulos, se iniciaba una procesión hacia el centro del pueblo, desde donde cada quien se encaminaba a sus respectivas casas.

Pocos lugares en el pueblo eran tan emblemáticos como la estación.  Era un lugar revestido de magia, en donde algo sobrenatural llevaba y traía a las personas en lo ignoto de su viaje.  Por muchos años la estación fue parte fundamental de la vida de los sanmarqueños, pues se construyó a finales del siglo XIX cuando el ferrocarril llegó a las poblaciones de Carazo, como instrumento para fomentar el desarrollo de la zona que había adquirido cierta relevancia a partir del cultivo del café desde mediados de ese siglo.  A inicios de los años cuarenta, la estación fue remozada, de tal forma que todos los sanmarqueños sentían un gran orgullo cuando llegaban a ese local, que le daba cierto aspecto al pueblo, como las ciudades que aparecían en el cine.

Cada habitante de San Marcos de esa época, guarda especiales recuerdos de la estación, con historias que pudieran llenar varios libros.  Yo en lo particular recuerdo una historia que por poco termina en tragedia.

Fue allá por 1957 que dos jovenzuelos jugaban a los vaqueros en los predios cercanos a la estación.  De pronto, uno de ellos ingresó al edificio de la estación y al rato salió a buscar a su compañero de juegos, cuando estuvo cerca, haciendo un lance como Randolph Scott, sacó de su cintura una pequeña pistola, lo apuntó y tiró del gatillo.  Un ruido seco se escuchó y el otro muchacho cayó al suelo agarrándose su vientre.  Un jornalero que transitaba cerca observó la escena y dio la voz de alarma, pues el muchacho se retorcía en el suelo.

Casi inmediatamente la noticia llegó a la farmacia de mi abuelo.  Habían balaceado a William.  Era el hijo de Julio César Guevara, a quien mis abuelos habían adoptado junto a su hermano gemelo César Augusto.  Inmediatamente localizaron por teléfono a mi padre en el Hospital Bautista de Managua, quien indicó que lo llevaran al hospital Santiago de Jinotepe, mientras regresaba.

El autor del disparo resultó ser el hijo del administrador de la estación y al darse cuenta, Eddy, el hermano de William, un poco mayor que él, tomó un machete y salió en busca del muchacho.  Recorrió todos los alrededores y aprovechando que no se encontraban los familiares del muchacho, ingresó al edificio de la estación, pero afortunadamente resultó infructuosa su búsqueda.  Dicen que el mozalbete estaba escondido debajo de una cama.

William fue intervenido quirúrgicamente en el Hospital Santiago y mi padre en reunión con los cirujanos llegaron a la decisión que era muy grande el riesgo de sacar la bala, pues era de calibre pequeño, así que decidieron dejarla.  Como era de rigor, acompañé a mi abuela a visitar a William al hospital, con la respectiva dotación de jugos y galletas.  Después de varios días de convalecencia, William fue dado de alta y se reincorporó a su vida normal.

A mediados de los años sesenta, cuando el tráfico del ferrocarril disminuyó, la estación estaba subutilizada y algunos ciudadanos gestionaron que se destinara a albergar una escuela y fue así que se ubicó ahí la Escuela René Shick Gutiérrez, bajo la acertada dirección de la gran maestra doña Helena Álvarez de Martínez.

Con el tiempo, la estación fue abandonada y actualmente está sumamente deteriorada y ha sido asignada a la Asociación Nacional de Sordos.   Cuando regresé a San Marcos en los años noventa y transité por la calle central hacia la salida de Masatepe, con gran desilusión descubrí que en el predio en donde estaban las líneas del tren se edificó la estación de policía, cubriendo el paisaje fenomenal que ofrecía el imponente edificio de la estación.

Es importante señalar que el Arq. Inf. Ernesto Orozco Coulson ha desarrollado un interesante proyecto para la restauración y conservación de este importante patrimonio de la ciudad y sería interesante que dicho proyecto contara con el apoyo para financiar su implementación.

Estoy seguro que muchos sanmarqueños de aquella época de vez en cuando ven aparecer en sus sueños la imagen de la estación, pues a mí me ocurre eventualmente, observando la silueta del vetusto edificio y al trasluz me parece ver, un tanto borrosa, la imagen de Penélope en un banco en el andén, con su bolso de piel marrón y sus zapatitos de tacón.

He tomado prestada para ilustrar este post, la formidable acuarela realizada por Rosario Ortega Calero, a quien le solicito disculpas por haberlo hecho, con la seguridad que con el afecto de siempre, mostrará su indulgencia.